Skip to main content

Por Camila Gonzélez Revoredo para Estudio Silver

En un mercado donde todo parece urgente —reuniones, fondos, contactos, pitchings, expectativas— Ventana Sur también puede ser un lugar para algo más simple y valioso: escuchar, mirar a los ojos, estar presentes. Una guía sensible para atravesar el mercado de contenidos más importante de América Latina sin correr detrás de resultados, cuidando el deseo, la atención y los vínculos que hacen al cine una comunidad.

Desde hoy hasta el 5 de diciembre, en Buenos Aires se disfrutará de Ventana Sur, uno de los mayores eventos de la industria audiovisual en nuestra región. Durante cinco días, la ciudad se convierte en un punto de cruce entre proyectos, personas, lenguajes y expectativas. 

La página oficial anuncia más de dos mil personas acreditadas, compradores y vendedores de todos los continentes, rondas de negocios, pitchings, charlas, mesas de debate y reuniones individuales. Todo suena grande, organizado, profesional. Y lo es. 

Conseguir reuniones, fondos y promesas para desarrollar proyectos que alguna vez fueron un deseo y que hoy buscan concretarse es parte inevitable de la lógica del mercado. Pero no hay que perder de vista que el cine es, ante todo, un trabajo colectivo, y que este espacio existe también como oportunidad para encontrarse, reconocerse y tejer relaciones.

La primera vez que fui a Ventana Sur me sentí chiquita e inexperta. Me quedé esperando, con la mirada curiosa, a que mis conocidos llegaran. Mientras tanto, intentaba leer el clima del lugar. Había entusiasmo, nervios, ansiedad, una mezcla de ilusión y urgencia flotando en el aire.

Un hombre de unos treinta y cinco años, con sonrisa cansada y una ternura algo vencida, se me acercó y me disparó una batería de preguntas: de dónde venía, para qué estaba ahí, cuántos proyectos tenía, con quiénes me había reunido, cuántas reuniones ya había conseguido. Le contesté con honestidad: estaba terminando mis estudios, había ido con amigos y mi único objetivo era aprender, escuchar cómo se habla de cine, cómo se venden los proyectos, cómo se construyen las trayectorias. Su cara se desinfló apenas. Creo que hubiera preferido encontrar a alguien que pudiera ofrecerle algo en concreto. Llevaba diez años trabajando en una película de ficción y estaba buscando cualquier tipo de apoyo para poder terminarla. Su desilusión me pesó. Sentí por un momento que no tenía derecho a ocupar ese espacio, que no estaba “a la altura”.

Con el tiempo entendí algo distinto: escuchar con atención, observar, absorber y dejarse interpelar también es una forma de trabajar. Estar ahí sin correr detrás de resultados inmediatos fue, sin saberlo, una buena decisión.

Hoy sumaría algo más: no ir apurada. No recorrer Ventana Sur como si fuera una lista de tareas por tildar. No hablar sólo para impresionar. No medir cada conversación por lo que “me puede dar”. La verdadera riqueza no siempre está en la tarjeta que se guarda, sino en la charla que se recuerda. Escuchar sin ansiedad. Mirar a los ojos. Interesarse genuinamente por la historia del otro, incluso cuando no parece “útil”.

Estas habilidades también hacen cine: saber escuchar, sostener una conversación, leer un gesto, respetar los tiempos, generar confianza, no venderse como mercancía sino presentarse como persona.

Tal vez la cantidad de estímulos, nombres, proyectos y expectativas pueda resultar abrumadora. El line up, disponible en el catálogo oficial, es inmenso. Pero más que llegar con un discurso armado, vale llegar con la piel abierta y la escucha entrenada. 

Y vuelvo a ese hombre. Se fue un poco decepcionado. Yo también me fui con una sensación extraña. Meses después entendí algo que todavía me atraviesa: hoy tengo algunos contactos que a él le hubieran servido. Personas que podrían haberlo escuchado, acompañado, quizás ayudado. Pero no tengo su número. No tomé su contacto. No insistí. Ninguno de los dos estaba del todo disponible para el otro.

Tal vez esa sea otra enseñanza: no subestimar nunca a quien tenemos enfrente. Los vínculos no siempre nacen cuando más los necesitamos, sino cuando estamos más presentes. Ventana Sur también es eso: aprender a estar. Y a quedarse.

Hay algo que no se dice lo suficiente. La experiencia puede ser tan estimulante como desgastante, tan promisorio como frustrante, sobre todo cuando se llega sin objetivos claros o con expectativas desmedidas. No todas las reuniones resultan, no todas las charlas iluminan, no todo proyecto despierta interés. Hay momentos en que el cansancio le gana a la ilusión, el cuerpo no acompaña y la cabeza se llena de ruido. Y eso también es parte de estar ahí. 

Quizás el verdadero trabajo no sea evitar el malestar, sino aprender a atravesarlo sin endurecerse. O, para poder disfrutar, animarse a ejercer un criterio: elegir dónde quedarse un rato más y de dónde irse a tiempo. Cuidar la atención como si fuera un bien escaso. No convertir la indiferencia ajena en un juicio propio. No medir el valor personal en función de una respuesta tibia ni traducir un “no” como un fracaso íntimo. Ir con objetivos sirve, pero hay una diferencia entre saber hacia dónde una quiere ir y castigarse cuando el recorrido no sale como se imaginaba. 

Ventana Sur desarma planes con una facilidad brutal: reuniones que no pasan, nombres que no aparecen, puertas que no se abren. Y, sin embargo, muchas veces es ahí, en ese pequeño derrumbe, donde algo se acomoda distinto. Donde cambia la pregunta. Donde el deseo encuentra otro cauce. Donde surge otro encuentro superador al que imaginamos.  

Desde Estudio Silver trabajamos subtitulando, traduciendo y redactando con compromiso y dedicación. A través de los premios que entregamos en Ventana Sur y en distintos festivales del país a lo largo del año, buscamos fortalecer relaciones y construir comunidad. Lo repetimos una vez más: el cine es comunidad. 

Nos vemos en Ventana Sur.