Entre pantallas, notificaciones y contenido fragmentado que consumimos sin habitar, hay algo que extrañamos.
Por Camila González Revoredo
Las modas suelen ser vistas como una frivolidad. Un capricho colectivo, pasajero. Una maquinaria destinada a convencernos de comprar cosas que no necesitamos. Y a veces lo son. Pero también pueden leerse de otra manera.
Hubo un momento en que estuvo de moda colgarse chupetes de plástico fluorescentes en el cuello. Años después aparecieron las pulseras de silicona. Más tarde los vasos térmicos gigantes. Ahora son los Labubus colgados de carteras, o tal vez ya pasaron de moda, no estoy segura. Todo pasa muy rápido.
Las modas son una especie de radiografía involuntaria de una época. Nos muestran aquello que deseamos, aquello que tememos y, sobre todo, aquello que sentimos que nos falta. Cuando una sociedad pasa demasiado tiempo encerrada en oficinas, se pone de moda la naturaleza. Cuando la vida se vuelve predecible, se pone de moda la aventura. Cuando la realidad se vuelve abrumadora, empezamos a buscar refugio en aquello que nos devuelve la presencia.
Hoy el ritmo de vida es más veloz de lo que nuestra humanidad está acostumbrada a soportar. Por eso el síntoma general es el cansancio. Vivimos saltando de una pantalla a otra, respondiendo mensajes mientras escuchamos un podcast, consumiendo contenido mientras trabajamos y trabajando mientras descansamos. La atención se fragmentó y el tiempo parece haberse convertido en un recurso siempre insuficiente.
El cansancio no proviene únicamente del exceso de trabajo. También nace de la sensación de que debemos estar disponibles todo el tiempo, producir en contínuo y optimizar cada instante de nuestra vida. Incluso el ocio quedó atravesado por la lógica de la inmediatez: vemos películas mirando el celular, escuchamos música mientras hacemos otra cosa y acumulamos experiencias sin llegar a habitarlas por completo. Quizás un posible origen de este fenómeno pueda rastrearse hasta un momento que para gran cantidad de personas es tabú: marzo de 2020, la pandemia por COVID-19.
Cuando el mundo se detuvo, imaginamos que algo profundo iba a cambiar. Encerrados en nuestras casas fantaseamos con una sociedad más justa, más consciente y más conectada con la naturaleza. Nos entusiasmaban las noticias que parecían anunciar una transformación. Nunca olvidaré aquellos titulares que afirmaban que los delfines habían regresado a los canales de Venecia. Queríamos creer que después de tanto dolor algo iba a modificarse. Pero no fue así. No salimos mejores. El mundo siguió siendo desigual. Las redes sociales se volvieron más agresivas. Y la tecnología avanzó a pasos agigantados; pero quizás todavía no terminamos de comprender la magnitud de ese cambio.
Durante más de un siglo las imágenes ocuparon un lugar privilegiado en nuestra cultura. Podían manipularse, por supuesto. Existían los montajes, los encuadres engañosos y la propaganda. Pero aun así conservaban algo fundamental: una fotografía implicaba que alguien o algo había estado frente a una cámara. Había una relación física entre la imagen y el mundo. Las imágenes funcionaban como evidencia, prueba y testimonio. Hoy ese acuerdo parece estar desmoronándose. Por primera vez en la historia convivimos con imágenes capaces de parecer reales sin haber existido nunca. Rostros de personas que jamás nacieron. Fotografías de acontecimientos que nunca ocurrieron. Videos de personas fallecidas como si estuvieran entre nosotros, con sus gestos y hasta con sus voces. Es macabro. Estamos perdiendo una forma de relacionarnos con la realidad. Y quizás parte del desconcierto contemporáneo provenga de esa distancia cada vez mayor entre nuestras capacidades humanas para procesar el mundo y la velocidad con la que el mundo está cambiando. Todo parece una construcción.
Pero después de años de aceleración empezamos a percibir con más claridad aquello que perdimos: la atención, la presencia y la experiencia compartida. Empezamos a extrañar cosas que durante mucho tiempo dimos por sentadas. Los seres humanos necesitamos rituales. Necesitamos momentos que nos separen del flujo constante de estímulos y nos recuerden que estamos vivos al mismo tiempo que otros.
Quizás por eso están reapareciendo ciertas prácticas que parecían destinadas a desaparecer porque empiezan a responder a una necesidad muy contemporánea: la necesidad de sentir que algo es real.
Pocas experiencias reúnen tantas cosas que hoy parecen escasas como ir al cine. Ahí no solo tenemos que compartir un espacio con desconocidos sino también aceptar que durante dos horas no vamos a controlar el ritmo de la experiencia. Que no podremos adelantarla, acelerarla, fragmentarla ni verla mientras hacemos otra cosa. Implica entregarse.
Por eso creo que pronto volverá a estar de moda ir al cine.
En un mundo cada vez más artificial, pocas cosas se sienten tan nuevas como una de las más antiguas: entrar a una sala oscura y dejar que alguien nos cuente una historia.
Conocé como trabajamos.
